Venecia

No hace ni una hora que he aterrizado y ya arrastro mi maleta tras de ti por el laberinto de callejuelas, canales y turistas: “Hace sol, hay que aprovechar el día. El “aqua alta” ha acabado ayer. Tienes suerte, esta vez ha durado una semana”. Las imágenes se deshacen en la niebla que crea el suelo en evaporación. Floto. Los gondolieri entonan la barcarolle compitiendo en su habitual batalla de tenores hasta que, sin saber cómo, me encuentro frente a frente con Tiziano, Tintoretto, Bellini, Canaletto – parece un sueño- pero también Monet, Bacon, Picasso, van Eyck, Miró, Duchamp, Klee, Dalí. Iglesias y museos compiten  vendiendo inspiración a precio de oro. Mientras tanto Venecia, la mayor obra maestra, enferma de belleza y ve como su mundo se derrumba. Pedazos de un pasado que está por todas partes: puentes, fachadas, arcos, columnas  y plazas, testigos de un lujo ya extinguido. Cae la noche y con ella trae las máscaras. Vuelve el día y las máscaras caen como las hojas.

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